Marco y Memoria

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En lengua romaní, la palabra Porrajmos significa «devoramiento», «destrucción», «aniquilación». Así es como muchas personas gitanas nombran hoy el genocidio cometido contra las poblaciones romaníes durante la Segunda Guerra Mundial. Otros prefieren usar el término Samudaripen («asesinato total»), y en algunos países se opta por no traducir: simplemente se habla del Holocausto gitano. Sea cual sea el nombre que se use, lo cierto es que durante el Tercer Reich —y bajo gobiernos aliados, satélites u ocupados— cientos de miles de gitanos y gitanas fueron asesinados por el simple hecho de serlo. Sin embargo, la historia oficial tardó décadas en reconocerlo, y aún hoy su memoria sigue siendo frágil, marginal, y muchas veces negada.

Durante la ocupación nazi de gran parte de Europa se calculan que fueron asesinados entre 220.000 y 500.000 víctimas romaníes. El número exacto será difícil de establecer, entre otras cosas porque muchas comunidades no estaban registradas, o fueron exterminadas por completo sin dejar rastro. A diferencia del exterminio judío, que tuvo un componente industrial y fue preparado con una logística burocrática sin precedentes, el genocidio gitano fue más disperso, más silencioso, pero igualmente sistemático. Mujeres, niños y hombres fueron fusilados en bosques, deportados a campos de concentración, utilizados como cobayas médicas, esclavizados hasta la muerte o simplemente dejados morir de hambre y frío.

Los campos de Auschwitz-Birkenau, Lety, Jasenovac, Chelmno o Mauthausen fueron lugares clave en este exterminio. En Auschwitz, el Zigeunerlager (campo gitano) fue creado en febrero de 1943 y liquidado en una sola noche, la del 2 al 3 de agosto de 1944; a partir de entonces, esa fecha se conmemora como el Día Europeo de Recuerdo del Holocausto Romaní. Sin embargo, aunque Auschwitz-Birkenau se ha convertido en el principal símbolo del genocidio romaní, la realidad del Porrajmos fue mucho más dispersa y heterogénea: fusilamientos en bosques, asesinatos masivos sin registro, campos locales poco documentados y espacios de reclusión improvisados formaron parte central del exterminio.

Pero la memoria no se construye sólo desde las efemérides. Hay fotografías, hay diarios, hay testimonios como los de Ceija Stojka o Philomena Franz, y también imágenes tomadas por los propios nazis, como si el exterminio necesitara dejar huella para consolidar su horror. Que hoy conozcamos algunos nombres no responde a una jerarquía del sufrimiento, sino a las condiciones excepcionales que permitieron a ciertas personas sobrevivir, escribir y ser escuchadas; detrás de cada testimonio público hay miles de historias gitanas anónimas, igualmente dignas de memoria.

El Holocausto visto por los gitanos españoles

La pregunta que guía este proyecto —¿cómo se ve el Holocausto desde el mundo gitano español?— no tiene una única respuesta. Para muchos, la conexión entre lo que ocurrió en Alemania, Polonia, Ucrania o Serbia, y lo que vivieron las familias gitanas en España durante el franquismo, nunca fue evidente. Pero si miramos con atención, si hablamos con los mayores, si cruzamos archivos, canciones, fotos, papeles olvidados y silencios demasiado largos, descubrimos que hay vínculos profundos: no de equivalencia, pero sí de continuidad. El racismo antigitano fue, y es, una ideología internacional, una política de Estado, y también un saber compartido por científicos, policías, jueces, educadores y periodistas. España no fue ajena a ese sistema.

En la narrativa dominante del franquismo, España fue “neutral” durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, esa neutralidad fue solo una fachada. En realidad, hubo un alineamiento evidente con el Eje. Ya desde los primeros meses de la guerra civil, la ayuda del Tercer Reich fue decisiva para el avance de Franco. Y más tarde, con la victoria nazi en Europa, esa relación se intensificó.

A partir de 1939, cuando termina la guerra civil española y comienza la invasión alemana de Polonia, el régimen franquista empieza a estrechar lazos con la Alemania nazi. Miles de soldados de la División Azul fueron enviados al frente ruso. España exportó toneladas de wolframio, un mineral clave para la industria bélica nazi. Y sobre todo, fue un refugio para criminales de guerra: médicos, militares, ideólogos y jerarcas nazis encontraron aquí una segunda vida. Algunos cambiaron su nombre. Otros se integraron en instituciones religiosas o médicas. Muchos de ellos, ejercieron profesiones que les llevaban a estar en contacto directo con personas gitanas españolas. No se trata de establecer una relación causal directa, pero sí de entender hasta qué punto la impunidad del fascismo tuvo efectos concretos y prolongados en nuestras vidas.

La avanzada nazi en España

Uno de los aspectos menos conocidos de esa colaboración fue la presencia de redes nazis en territorio español incluso antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Miembros del Partido Nacionalsocialista, empresarios afines, diplomáticos, espías, grupos juveniles, cineastas y científicos alemanes operaban en ciudades como Granada, Málaga, Sevilla o Madrid.

Lo gitano, como trasunto de lo español, ocupaba un lugar visible en el imaginario nazi sobre España. Así lo muestran los archivos fílmicos de la época, donde aparecen imágenes de juventudes hitlerianas de vacaciones en el país, visitando tablaos flamencos en Málaga y Granada, o la corrida de toros ofrecida a Heinrich Himmler durante su visita a España en 1942 —en la que toreó Rafael El Gallo, figura emblemática del mundo gitano sevillano. Todo ello da cuenta de una relación marcada por la seducción, el exotismo y una jerarquización racial que convertía lo gitano en espectáculo y símbolo nacional al mismo tiempo

Pero más allá de los gestos, hubo un cruce sostenido y jerarquizado de saberes y prácticas. El régimen franquista promovía un modelo de hispanidad que fascinaba a los ideólogos nazis: un pueblo racializado, exótico, profundamente jerárquico y patriarcal, donde la figura del gitano podía ser simultáneamente símbolo nacional y enemigo interno.

Lo que aún falta

En el Estado español no hubo cámaras de gas. Pero hubo leyes de vagos y maleantes, redadas, internamientos, esterilizaciones forzadas, escuelas segregadas y una vigilancia policial constante sobre la población gitana. Hubo familias enteras condenadas a la miseria por el simple hecho de ser gitanas. Y hubo, también, un silencio institucional persistente sobre lo que estaba ocurriendo con nuestros primos y primas del Este. Nadie dijo nada. Nadie quiso saber.

Este proyecto nace precisamente para romper ese silencio. Para mirar el Holocausto no solo como algo que pasó «allí», sino como un espejo oscuro en el que también podemos —y debemos— vernos reflejados. No como víctimas intercambiables, sino como pueblos que han sido perseguidos, deshumanizados y marginados por razones estructurales que aún persisten.

El régimen franquista y su relación con la Alemania nazi

Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen franquista mantuvo una posición oficialmente neutral. Sin embargo, bajo esa aparente neutralidad se escondía una clara simpatía y colaboración con las potencias del Eje, especialmente con la Alemania nazi. Esta relación no fue sólo ideológica, sino también económica, militar y diplomática, y tuvo consecuencias directas en la forma en que el régimen franquista concibió la exclusión, la persecución y el control de determinadas poblaciones, entre ellas la comunidad gitana.

Desde el inicio de la guerra civil española en 1936, la Alemania de Hitler apoyó activamente a las fuerzas sublevadas de Franco con armamento, logística y asesoramiento militar. A cambio, el nuevo régimen franquista fue consolidando una alianza estratégica con el Tercer Reich que se mantendría, con distintas intensidades, durante toda la contienda mundial. Aunque España no entró formalmente en la guerra, su alineamiento político y simbólico con Berlín fue evidente durante los primeros años.

Uno de los ejemplos más conocidos de esta colaboración fue el envío de la División Azul, con decenas de miles de voluntarios españoles combatiendo junto a las tropas alemanas en el frente oriental. A ello se sumaron otras formas de apoyo menos visibles pero estratégicamente decisivas, como la exportación de wolframio —mineral clave para la industria bélica nazi— o el suministro de productos agrícolas esenciales.

Entre 1939 y 1942, este acercamiento fue especialmente intenso. Bajo la dirección del ministro de Asuntos Exteriores Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y figura central del falangismo, se impulsaron políticas de afinidad ideológica y cultural con el Tercer Reich. Iniciativas como el Consejo de la Hispanidad, inspirado en instituciones homólogas alemanas, o los frecuentes viajes oficiales a Berlín reflejaron una voluntad clara de integración en el nuevo orden fascista europeo, que sólo se frenó cuando el curso de la guerra empezó a volverse desfavorable para Alemania.

A partir de 1942, el régimen franquista adoptó una estrategia de ambivalencia calculada: mantener sus vínculos con el Eje sin comprometerse abiertamente, al tiempo que iniciaba un proceso de blanqueamiento diplomático ante los aliados. Esta maniobra buscaba asegurar la supervivencia del régimen más allá del desenlace del conflicto y sentó las bases de una impunidad que se prolongaría durante décadas.

Las afinidades entre franquismo y nazismo no se limitaron al plano militar o económico. Ambos regímenes compartieron una visión profundamente autoritaria, patriarcal y racista de la sociedad, basada en la idea de pureza nacional, el control de la población y la exclusión de quienes eran considerados elementos degenerados o desviados. En el caso español, esta lógica se tradujo en un entramado legal y policial que permitió la persecución sistemática de distintos grupos, incluidos los gitanos, mediante leyes de control social, vigilancia constante y prácticas de estigmatización.

En ese contexto, la figura del gitano ocupó un lugar ambivalente: enemigo interno y objeto de sospecha permanente, pero también símbolo nacional exotizado y folklorizado, susceptible de apropiación cultural. Comprender la relación entre el franquismo y el nazismo no es, por tanto, un ejercicio abstracto, sino una vía necesaria para entender cómo ciertas lógicas de exclusión, violencia e impunidad se adaptaron a distintos contextos históricos y dejaron huellas profundas que aún hoy siguen sin ser plenamente reconocidas.

España, refugio de nazis

Tras la derrota del Tercer Reich, cientos de jerarcas, médicos, científicos, militares y colaboradores del régimen nazi encontraron en España un refugio seguro. El régimen de Franco, ideológicamente afín y políticamente interesado en consolidar su supervivencia internacional, ofreció asilo, nuevas identidades y redes de protección que facilitaron su asentamiento en el país. Así se abrió un capítulo apenas contado de la historia del franquismo: el de la España convertida en espacio de acogida para el nazismo derrotado.

Muchos de estos hombres lograron escapar de los procesos de desnazificación y de los Juicios de Núremberg a través de las conocidas rutas de las ratas, con el apoyo de redes católicas, consulados sudamericanos y estructuras de inteligencia occidentales que, en el contexto de la Guerra Fría, empezaron a ver a antiguos nazis como posibles aliados frente al comunismo. Italia, Austria y, de forma especialmente significativa, España se convirtieron en nodos centrales de este entramado. El caso de Otto Skorzeny, antiguo oficial de las SS protegido por el régimen franquista y residente en Madrid, es uno de los más conocidos, pero dista mucho de ser una excepción.

En numerosas ciudades del Estado —de Madrid a Alicante, de Zaragoza a Málaga— estos individuos encontraron trabajo, anonimato y continuidad profesional. Algunos ejercieron como médicos o psiquiatras; otros se integraron en instituciones religiosas o participaron en iniciativas pseudocientíficas vinculadas a la “higiene social”, que en ocasiones apuntaron directamente a poblaciones consideradas problemáticas, entre ellas la comunidad gitana. No se trató únicamente de esconderse, sino de seguir ocupando espacios de poder y de reproducir prácticas de control y exclusión bajo nuevos discursos.

Aunque en España no hubo cámaras de gas ni campos de exterminio, el país fue durante casi 40 años un Estado autoritario, racializado y profundamente antigitano. La presencia de antiguos nazis, lejos de ser un fenómeno marginal, contribuyó a reforzar un clima de impunidad y a legitimar saberes, prácticas y jerarquías que tuvieron efectos concretos sobre miles de personas. Familias gitanas, entre otras, continuaron siendo objeto de vigilancia, estigmatización y violencia institucional en un contexto donde las responsabilidades nunca fueron depuradas.

Muchos de estos personajes no desaparecieron con el fin de la dictadura. Algunos vivieron hasta bien entrada la democracia; otros participaron en redes económicas, sociales o profesionales que jamás fueron cuestionadas. Sus nombres rara vez figuran en los relatos oficiales, pero sus trayectorias siguen entrelazadas con la historia de nuestras ciudades y de nuestras instituciones.

¿Cómo llamarlo?
La política de nombrar el genocidio

Conocimientos básicos del Holocausto romaní

¿Qué necesita saber hoy una persona gitana —o aliada— en el sur de Europa para comprender el Holocausto romaní?

Más allá de fechas y cifras, comprender el Porrajmos exige un saber situado, enraizado en la experiencia histórica y vital de los gitanos y gitanas del sur de Europa. Un saber que sirva para hablar entre nosotros, con nuestros mayores y con nuestros jóvenes; y que sirva también para defendernos, para explicar con dignidad lo que fue —y lo que sigue siendo— el racismo estructural contra nuestro pueblo.

Ese conocimiento no se construye como una lección de historia cerrada, sino a través de recorridos necesarios: palabras que debemos nombrar y dominar —Porrajmos, Samudaripen, Zigeunerlager, asociales, eugenesia—; lugares que aún duelen —Auschwitz, Lety, Lackenbach, Jasenovac—; archivos y leyes que nos marcaron —decretos raciales, listas de deportación, juicios sin justicia—; rutas, trenes, vagones y silencios. También resistencias: nombres propios, fugas, sabotajes, cantos, gestos mínimos de supervivencia.

Comprender el Holocausto gitano implica asumir que no se trata de un pasado lejano ni cerrado, sino de una historia fragmentaria, incompleta y todavía disputada, que seguimos necesitando contar desde aquí.

Quien necesite ampliar estos conceptos puede acceder al glosario, recorrer la cronología del Porrajmos o consultar una selección de archivos y documentos históricos que permiten profundizar en estos saberes desde distintas entradas.

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