Geografías
Geografías del Porrajmos
La violencia del Porrajmos –nombre romaní para el genocidio de los pueblos gitanos en Europa durante la Segunda Guerra Mundial– no puede comprenderse sin una mirada geográfica. No solo porque los asesinatos ocurrieron en lugares concretos, sino porque el exterminio fue también una reconfiguración brutal del mapa: cuerpos deportados, caminos sellados, lenguas desplazadas, comunidades arrancadas de su territorio. Esta geografía no es únicamente espacial; es política, afectiva y cultural. Una geografía de la desaparición.
Pensar el Porrajmos desde el mapa implica desplazar la mirada habitual sobre el Holocausto. Parte de la violencia extrema se concentró en Europa central y oriental –en territorios marcados por ocupaciones sucesivas y colapsos estatales– y no puede entenderse solo desde los grandes nombres memoriales. Como han subrayado lecturas como Bloodlands y Black Earth de Timothy Snyder, el exterminio se ejecutó sobre todo en zonas donde la legalidad fue destruida y el asesinato en masa se volvió administrable. Y, como advierte Ari Joskowicz en Rain of Ash, la experiencia romaní ha quedado a menudo fuera de los relatos dominantes: dispersa, fragmentada, menos documentada, más fácilmente borrada.
Para quienes venimos del sur de Europa, esta geografía exige un esfuerzo activo: aprender a ubicar nombres, fronteras cambiantes, rutas de deportación y lugares sin señalizar. El genocidio gitano no fue uniforme ni centralizado; dependió de modelos de ocupación, colaboraciones locales y decisiones estatales distintas, y se desplegó tanto en campos visibles como en bosques, zanjas y fosas comunes sin inscripción.
La geografía del Porrajmos incluye también la posguerra: la imposibilidad del retorno. Muchas comunidades no pudieron volver porque los lugares mismos habían desaparecido —campamentos arrasados, cementerios destruidos, rutas cortadas, barrios transformados— y porque la memoria romaní fue excluida de los mapas oficiales del recuerdo. Cartografiar el Porrajmos hoy es, por tanto, un trabajo doble: reconstruir el espacio del crimen y señalar los huecos que dejó el borrado.
Colonizar, deportar, exterminar: una geografía del proyecto racial
El genocidio romaní no puede entenderse únicamente como una política de exterminio, sino como parte de un proyecto espacial más amplio: una reordenación radical del territorio europeo basada en jerarquías raciales. El nazismo no sólo aspiró a eliminar a quienes consideraba enemigos biológicos; quiso reconfigurar el mapa, vaciarlo de ciertas vidas y llenarlo de otras. En ese sentido, el Porrajmos es inseparable de una lógica colonial aplicada dentro de Europa.
Modelos políticos de exterminio
La geografía del Porrajmos no puede entenderse sin analizar los modelos políticos que hicieron posible su ejecución. El genocidio de los pueblos romaníes no respondió a un único patrón ni a una sola burocracia centralizada: se desplegó de forma desigual en contextos estatales muy distintos –nazis, colaboracionistas, regímenes autoritarios y democracias occidentales– que compartían una misma lógica de racialización y exclusión, pero la aplicaron con diferentes grados de sistematicidad, violencia y negación.
Comprender estas diferencias no relativiza el genocidio; al contrario, permite mapear cómo la violencia se adapta a cada marco político, y por qué el Porrajmos fue a la vez transnacional y fragmentado, visible e invisible.
El modelo nazi alemán: exterminio racial planificado
El régimen nazi desarrolló el modelo más coherente y ambicioso de exterminio racial en Europa. En su centro estaba la idea de una comunidad nacional «limpia», basada en la supremacía aria, que justificaba la eliminación de quienes eran considerados biológica y socialmente indeseables: judíos, romaníes, personas con discapacidad, homosexuales, disidentes políticos, entre otros.
En el caso romaní, la persecución comenzó antes de la guerra con medidas administrativas: vigilancia policial, restricciones de movimiento, internamientos en campos de trabajo (como Marzahn o Lackenbach), esterilizaciones forzadas y exclusión escolar. La lógica racial se codificó progresivamente en el marco de las Leyes de Núremberg (1935), que, aunque formuladas explícitamente contra los judíos, fueron aplicadas también a los romaníes mediante interpretaciones judiciales y policiales.
A partir de 1942, con la radicalización genocida, los Sinti y Roma fueron deportados masivamente a Auschwitz-Birkenau, donde se creó el Zigeunerlager (campo gitano). Allí, familias enteras fueron internadas, sometidas a hambre, enfermedades, experimentos médicos y asesinatos sistemáticos. La noche del 2 de agosto de 1944, casi todos los prisioneros romaníes restantes fueron asesinados en las cámaras de gas.
Tal como ha señalado Timothy Snyder, este exterminio se ejecutó mayoritariamente fuera de Alemania, en territorios ocupados del este europeo, donde la destrucción previa del Estado permitió matar sin mediaciones legales. El genocidio romaní fue así parte integral del proyecto colonial nazi hacia el Este.
Plano del Zigeunerlager, el campo gitano situado en el sector BIIe de Auschwitz II-Birkenau, con sus barracones, el Appellplatz y su posición respecto a la rampa de descarga y los crematorios. Cartografía de Maximilian Dörrbecker / CC-BY-SA.
El modelo soviético: asimilación forzada y represión sin reconocimiento
La Unión Soviética no desarrolló una política de exterminio racial comparable a la nazi, pero sí aplicó una violencia estructural profunda contra las comunidades romaníes. Bajo el estalinismo, los romaníes fueron considerados sospechosos por su itinerancia, su autonomía económica y su escasa integración en el proyecto socialista.
Las campañas contra el «nomadismo», la colectivización forzada y la criminalización de la marginalidad provocaron deportaciones al Gulag, desarticulación comunitaria y pérdida de formas de vida. En los años treinta, muchas familias romaníes fueron acusadas de vagancia, espionaje o deslealtad al Estado, sin que su persecución se reconociera como específica.
En los territorios occidentales de la URSS –Ucrania, Bielorrusia, Crimea– miles de romaníes quedaron atrapados entre la represión soviética previa y la posterior ocupación nazi. Como subraya Ari Joskowicz, esta doble violencia produjo un silencio duradero: las muertes romaníes no encajaban ni en el relato soviético antifascista ni en las memorias occidentales del Holocausto.
Regímenes colaboracionistas: limpieza social y exterminio descentralizado
Gendarme del gobierno títere de Milan Nedić escoltando a un grupo de romaníes a su ejecución, Serbia, entre 1941 y 1943. USHMM.
En los estados aliados o satélites del Tercer Reich, el genocidio adoptó formas diversas, a menudo ejecutadas con gran brutalidad local.
- Rumanía, bajo Ion Antonescu, deportó a más de 25.000 romaníes a Transnistria, una región convertida en tierra de nadie. Allí murieron miles por hambre, frío y enfermedad. La persecución se justificó como «limpieza social», no como exterminio racial explícito.
- Hungría, especialmente tras la ocupación nazi de 1944, vivió una oleada de asesinatos y deportaciones ejecutadas tanto por la SS como por milicias locales (los nyilas).
- Croacia, bajo el régimen ustacha, construyó campos como Jasenovac, donde romaníes, serbios y judíos fueron exterminados mediante violencia extrema, con una retórica ultracatólica de purificación étnica.
- En los Balcanes, la fragmentación del poder permitió pogromos, fusilamientos y deportaciones sin necesidad de una orden centralizada.
Este modelo demuestra que el Porrajmos no fue solo un crimen importado desde Berlín: la violencia fue apropiada, reinterpretada y ejecutada localmente.
Democracias occidentales: internamiento, vigilancia y continuidad del prejuicio
Incluso en países que luego formarían parte del bloque aliado, como Francia u Holanda, existieron políticas de internamiento y control de los romaníes antes y durante la guerra. En Francia, por ejemplo, los nomades fueron internados en campos como Montreuil-Bellay desde 1940, y muchos no fueron liberados hasta 1946.
Estas políticas revelan que el antigitanismo no era exclusivo del nazismo, sino parte de una tradición europea más amplia de control racial y social, que sobrevivió a la derrota del fascismo y condicionó la posguerra.
Mujeres y niños romaníes internados en el campo de tránsito de Rivesaltes, Francia, primavera de 1942. USHMM, cortesía de Jacqueline Levy.
Cierre: una geografía política del Porrajmos
Estos modelos –nazis, soviéticos, colaboracionistas y democráticos– produjeron formas distintas de violencia, pero un resultado común: comunidades romaníes destruidas, desplazadas o silenciadas. La geografía del Porrajmos es, por tanto, una geografía política: depende de cómo cada Estado gestionó la ciudadanía, la legalidad y la diferencia.
Reconocer esta diversidad es esencial para evitar una memoria abstracta o uniforme del genocidio gitano. Como insiste Joskowicz, el Porrajmos fue simultáneamente estructurado y caótico, ideológico y pragmático. Cartografiar exige leer la violencia desde las lógicas políticas que la hicieron posible.
El conocimiento de los mapas y la ignorancia desde el sur
En el sur de Europa –y de forma aún más acusada entre los romaníes del sur–, la geografía del Porrajmos permanece en gran medida velada. No porque no existieran víctimas gitanas en España, Italia, Grecia o Portugal, sino porque los lugares donde se desplegó el núcleo del exterminio quedan fuera de los mapas mentales habituales, alejados de las narrativas nacionales y de las genealogías locales. La violencia del Porrajmos no puede comprenderse sin un descentramiento geográfico radical: no ocurrió principalmente en Alemania, sino en los márgenes orientales del continente. Lo que Timothy Snyder ha llamado «las tierras de sangre» –esa franja de territorio entre Polonia, Ucrania, Bielorrusia y los países bálticos– constituye el espacio central donde el nazismo y el estalinismo se entrelazan como regímenes de aniquilación.
Snyder insiste en que el genocidio –tanto del pueblo judío como del pueblo romaní– no fue ejecutado principalmente en campos de exterminio ubicados en suelo alemán, sino en zonas de ocupación, en estados colapsados o convertidos en títeres, donde la destrucción del aparato estatal previo permitió la eliminación sistemática de millones de personas sin necesidad siquiera de deportación. Polonia, dividida entre Hitler y Stalin en 1939, se convierte en escenario inaugural de esa geografía de la desaparición. Y Ucrania –con su historia de hambrunas, purgas estalinistas, colaboracionismo armado, pogromos y guerra total– representa un epicentro del terror que sigue hoy ausente del imaginario de muchas memorias europeas, incluidas las romaníes del sur.
Desde esa perspectiva, el conocimiento de los mapas no es un lujo académico, sino una herramienta de supervivencia histórica. Entender dónde ocurrió el genocidio implica revisar nuestras formas de mirar Europa. Si uno se forma desde el sur, el eje cultural sigue siendo París, Berlín, Viena, Roma. Pero el Porrajmos no se explica desde esas ciudades. Hay que girar la cabeza hacia Lviv, Treblinka, Transnistria, Uzhhorod, Iași, Babi Yar. Son nombres impronunciables para muchas bocas del sur, pero son la topografía real de la aniquilación.
Mapa de la persecución de los romaníes en Europa, 1939-1945. USHMM, Holocaust Encyclopedia.
Ari Joskowicz, en Rain of Ash, señala cómo la dispersión geográfica de las comunidades romaníes supuso una dificultad añadida para su reconocimiento como víctimas del Holocausto. Esa dispersión se agravó por una falta estructural de documentación y por la escasa alfabetización impuesta por siglos de marginación institucional. Pero también –y esto es clave– por el hecho de que el exterminio no tuvo lugar en un único espacio con nombre propio (como Auschwitz para los judíos), sino en cientos de campos menores, en fosas comunes rurales, en fusilamientos itinerantes realizados en caminos y cunetas. Esta «geografía fragmentada» del genocidio gitano dificulta su memoria tanto como su narración.
Para los gitanos del sur, mirar hacia el este implica no solo traspasar fronteras geográficas, sino también culturales y lingüísticas. El Porrajmos se escribió en polaco, en alemán, en húngaro, en ruso, en romanés. La ignorancia desde el sur no es simple desinformación, sino el resultado de una combinación letal: una educación nacionalista centrada en sus propias guerras civiles y dictaduras, un racismo estructural que impide el acceso a la historia crítica, y una narrativa institucional europea que aún hoy prioriza las memorias del Holocausto judío sin integrar en pie de igualdad las víctimas romaníes.
Pero hay más. Hay un dolor que viene de reconocer que el mapa desde el sur no solo está incompleto, sino también falseado. Muchos de los países aliados de Hitler en el este (Hungría, Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia) fueron luego absorbidos en narrativas antifascistas que blanquearon su colaboración. Y en esas zonas, los gitanos fueron exterminados en masa sin que se haya producido una política clara de restitución o memoria. La ignorancia no es solo del sur hacia el este: es también una estrategia de borrado orquestada por muchos estados europeos para evitar rendir cuentas.
Por eso, el conocimiento de los mapas no puede limitarse a la geografía física. Debe incluir también una cartografía moral y política: ¿quién señala los lugares de horror? ¿Qué mapas emocionales y comunitarios tenemos los gitanos para situar a nuestros muertos? ¿Dónde aprendemos a decir Chelmno, Bełżec, Jasenovac, Lety u Pisku? ¿Y por qué esos nombres siguen sin estar en nuestros libros de texto?
Lo que Snyder aporta con potencia es la noción de colapso estatal como condición previa para el genocidio. Cuando no hay instituciones que protejan, cuando las leyes se suspenden, cuando la ciudadanía se desactiva, el asesinato en masa se convierte en política. Esto no ocurrió en la Alemania nazi mientras su estructura estatal se mantuvo robusta, sino en las zonas donde los estados fueron destruidos por la guerra o reemplazados por regímenes títeres. Lo que Joskowicz complementa es la mirada hacia las consecuencias de ese colapso en términos de memoria: cómo se construye el olvido de las víctimas romaníes, cómo se fragmenta la posibilidad de una narrativa común.
Desde el sur, ese doble aprendizaje es vital. Porque si queremos comprender el Porrajmos, debemos conocer los mapas. Y no solo los mapas del horror, sino también los de la esperanza: los caminos de huida, los refugios improvisados, las alianzas entre gitanos y partisanos, las rutas clandestinas, los silencios que protegieron vidas. Y también los mapas que vendrán, los de una memoria romaní reconfigurada que pueda enseñarnos a mirar Europa desde sus márgenes más heridos.
Comprender el Porrajmos exige un aprendizaje que rara vez se nos ha ofrecido: aprender a mirar el mapa de Europa de otro modo. No como una sucesión de capitales prestigiosas o fronteras estables, sino como un territorio atravesado por desplazamientos forzados, colapsos estatales y zonas de exterminio. Para quienes venimos del sur de Europa, esta mirada no es inmediata. Hay una distancia geográfica, pero también política, cultural y pedagógica que ha producido una ignorancia estructural sobre dónde ocurrió realmente el genocidio romaní.
Desde España –y desde gran parte del Mediterráneo– el imaginario europeo sigue organizado alrededor de ejes occidentales: París, Berlín, Roma, Viena. Sin embargo, el Porrajmos no se explica desde esas ciudades. Su epicentro se encuentra más al este, en regiones que rara vez ocupan un lugar central en la educación histórica del sur: Polonia oriental, Ucrania, Bielorrusia, los países bálticos, partes de los Balcanes. Son espacios que Timothy Snyder definió como tierras de sangre: territorios donde se superpusieron y reforzaron dos proyectos de aniquilación –el nazi y el estalinista– y donde el colapso del Estado permitió matar sin mediaciones.
Nombrar esos lugares no es un gesto erudito, sino un acto político. ¿Dónde están Lviv, Babi Yar, Chelmno, Transnistria, Volinia? ¿Qué rutas conectaban Cracovia con Auschwitz, Viena con Łódź, Serbia con Sajmište? ¿Qué fronteras existían en 1939 y cuáles desaparecieron al año siguiente? El mapa del Porrajmos no es fijo: cambia constantemente porque los estados se deshacen, los regímenes colaboracionistas emergen y las alianzas se reconfiguran en plena guerra.
Para el pueblo romaní, esta inestabilidad fue letal. Muchas comunidades vivían en márgenes rurales, en zonas fronterizas o en espacios poco documentados. Cuando el Estado colapsó, no hubo registros que las protegieran ni archivos que conservaran sus nombres. El genocidio gitano fue, en gran medida, un genocidio sin cartografía oficial, ejecutado en caminos secundarios, bosques, barrancos y aldeas que no entraron en los mapas de la memoria europea.
Ari Joskowicz ha subrayado que esta dispersión geográfica explica en parte el silenciamiento posterior del Porrajmos. A diferencia de otros genocidios asociados a lugares emblemáticos y fácilmente identificables, el exterminio romaní se fragmentó en cientos de escenarios menores, difíciles de integrar en un relato único. Desde el sur, esta fragmentación se tradujo en desconocimiento: si no hay un «lugar central», parece que no hubo historia. Pero lo que hubo fue precisamente lo contrario: demasiados lugares, demasiadas muertes sin señalizar.
La ignorancia cartográfica desde el sur no es casual. Está vinculada a sistemas educativos nacionalistas, a una memoria europea que ha jerarquizado víctimas, y a un racismo persistente que ha considerado prescindible el conocimiento sobre la experiencia romaní. También tiene que ver con las lenguas: el Porrajmos se escribió en polaco, alemán, húngaro, romanés, ruso, romanó. Muchas de esas historias no circularon nunca en español, y cuando lo hicieron fue tarde y de forma fragmentaria.
Aprender los mapas es, por tanto, aprender a ubicar el dolor, pero también a reconocer responsabilidades. Muchos países del este blanquearon su colaboracionismo tras la guerra; otros se refugiaron en narrativas antifascistas que ocultaron la violencia ejercida contra los romaníes. El desconocimiento desde el sur dialoga con ese borrado: no es solo falta de información, es el resultado de una política europea de memoria selectiva.
Por eso, este apartado no propone una lección de geografía clásica, sino una cartografía crítica. Un mapa que incluya no solo los lugares de muerte, sino también los caminos de huida, los refugios improvisados, las alianzas con partisanos, los silencios que salvaron vidas. Mirar el mapa del Porrajmos es aceptar que Europa no se entiende desde sus centros, sino desde sus márgenes heridos. Y que, sin ese aprendizaje, cualquier memoria construida desde el sur seguirá siendo incompleta.
Colonizar: el Este como espacio a vaciar
La idea de Lebensraum —espacio vital— situó Europa Central y del Este como una frontera colonial interna. Polonia, Ucrania, Bielorrusia o los países bálticos fueron concebidos no como territorios con poblaciones legítimas, sino como espacios disponibles para la expansión racial alemana. En esa imaginación política, judíos y romaníes aparecían como obstáculos biológicos para el proyecto colonizador: cuerpos que debían ser desplazados, neutralizados o eliminados para “limpiar” el terreno.
Esta lógica no era abstracta. Se tradujo en ocupación militar, destrucción de estructuras estatales previas y reorganización forzada de la vida cotidiana. En ese contexto, muchas comunidades gitanas —sedentarias o itinerantes— fueron tratadas como parte del paisaje a erradicar: expulsadas de aldeas, confinadas en campos de trabajo, forzadas a asentamientos vigilados o directamente asesinadas en operaciones de “limpieza” rural. La violencia colonial no distinguía entre guerra y administración: colonizar significaba clasificar, desplazar y borrar.
La imposibilidad de volver: cuando el lugar desaparece
El Porrajmos no fue solo un genocidio de personas. Fue también un genocidio de lugares. Para muchas comunidades romaníes, la violencia no terminó con la liberación de los campos ni con el final de la guerra, porque el espacio mismo que sostenía la vida había sido destruido. Volver no era posible porque, sencillamente, no había adónde volver.
En amplias zonas de Europa Central y del Este, los asentamientos gitanos desaparecieron por completo. Algunos fueron arrasados durante las operaciones militares; otros, vaciados mediante deportaciones o fusilamientos colectivos; muchos más fueron borrados después, en la posguerra, cuando la reconstrucción nacional decidió que esos lugares no merecían ser restituidos ni recordados. Campamentos, barrios periféricos, rutas de trashumancia, cementerios familiares y espacios rituales quedaron fuera del nuevo orden territorial.
Este borrado tuvo una dimensión material, pero también simbólica. La desaparición de un lugar implica la ruptura de genealogías, la pérdida de referencias afectivas y la imposibilidad de transmitir la memoria de forma situada. Para comunidades cuya historia se ha transmitido fundamentalmente de manera oral, el territorio era un archivo vivo. Cuando ese archivo fue destruido, la memoria quedó suspendida en el aire, sin anclaje espacial.
En regiones como el este de Polonia, Ucrania, Serbia o Eslovaquia, muchas familias romaníes que sobrevivieron regresaron tras la guerra para descubrir que sus tierras habían sido ocupadas, nacionalizadas o simplemente negadas. Nadie reconocía su derecho a reclamar nada. No había títulos de propiedad, no había registros oficiales que certificaran su existencia previa. El genocidio había sido también una operación administrativa de desposesión.
La imposibilidad de volver afectó incluso al lenguaje. La muerte de comunidades enteras supuso la desaparición de dialectos del romanó, del beás o de variantes sinti locales. Con cada asentamiento borrado, se perdían palabras, canciones, formas de nombrar el mundo. No se trató solo de un silenciamiento impuesto desde fuera, sino de una mutilación interna de la transmisión cultural. El mapa lingüístico romaní se fragmentó del mismo modo que el territorial.
Esta herida espacial ayuda a entender por qué la posguerra fue, para el pueblo romaní, una continuación de la violencia. Mientras otros grupos perseguidos pudieron —con enormes dificultades— reconstruir comunidades alrededor de lugares reconocidos de memoria, los romaníes quedaron atrapados en un no-lugar permanente. Sin memoriales, sin restituciones, sin políticas públicas de retorno, la Europa de la reconstrucción se edificó literalmente sobre su ausencia.
Pensar el Porrajmos desde esta imposibilidad de volver obliga a replantear las nociones clásicas de reparación y memoria. ¿Cómo se conmemora un lugar que ya no existe? ¿Cómo se honra a quienes no dejaron huella visible en el paisaje? ¿Qué significa justicia cuando el territorio mismo ha sido reorganizado para negar la historia de quienes lo habitaron?
Por eso, la geografía del Porrajmos no puede limitarse a señalar espacios de muerte. Debe incluir también los espacios perdidos, los huecos en el mapa, las aldeas sin nombre, los caminos interrumpidos. Solo así puede comprenderse que el genocidio romaní no terminó en 1945, sino que se prolongó en forma de desposesión territorial, silencio institucional y expulsión de la memoria europea.
Lo que falta por cartografiar
Europa central y del este
Los territorios del este europeo fueron el escenario central del exterminio. Sus nombres –Treblinka, Auschwitz, Transnistria, Babi Yar– son la topografía real de la aniquilación.
Balcanes
En los Balcanes, la fragmentación del poder y los regímenes colaboracionistas convirtieron cada aldea en un posible escenario de exterminio.
Campos invisibles
Más allá de los grandes campos documentados, el Porrajmos se ejecutó en cientos de espacios sin nombre: bosques, zanjas, cunetas, campos improvisados que no entraron en ningún mapa oficial.
Geografías del exilio
Para muchas familias romaníes, el exilio no fue una opción sino una condena. Huir significó perder el territorio, la lengua, los muertos.
Lugares sin nombre
Miles de lugares donde murieron romaníes no tienen placa, ni señal, ni memoria oficial. Nombrarlos es el primer acto de reparación.
España: franquismo, refugio nazi y silencio
España no tuvo campos de exterminio, pero fue refugio de nazis, colaboradora del Eje y escenario de una persecución gitana sistemática que aún no ha sido reconocida.
Archivos y cartografías por hacer
La cartografía del Porrajmos está incompleta. Quedan por trazar los mapas de las deportaciones, los asentamientos destruidos, las rutas de huida y los silencios del franquismo.