Resistencias
Experiencias, cuerpos y resistencias
La historia del Porrajmos ha sido narrada, durante demasiado tiempo, como una historia sin resistencia. Como si el pueblo romaní hubiera sido únicamente víctima pasiva de una violencia absoluta. Esta imagen no solo es falsa: es profundamente política. Invisibiliza las múltiples formas –a menudo no reconocidas– en que gitanos y gitanas resistieron al exterminio.
La resistencia romaní no siempre adoptó la forma armada ni dejó huellas espectaculares en los archivos. Fue, en muchos casos, fragmentaria, situada, silenciosa, y por ello difícil de integrar en los relatos heroicos tradicionales. Pero existió. Y fue decisiva para la supervivencia de miles de personas.
La imagen del Holocausto: no nos creían
Qué vemos cuando miramos una imagen del Holocausto? ¿Qué queda fuera del encuadre? ¿Quién sostiene la cámara y quién decide qué merece ser mostrado? ¿Desde dónde miramos –y con qué expectativas– esas imágenes?
Hablar de las imágenes del Holocausto, y en particular del genocidio romaní –el Porrajmos o Samudaripen–, implica adentrarse en un territorio ético y político especialmente delicado. Para muchas personas gitanas, mirar el Holocausto fue mirar un dolor que no parecía propio: las familias no podían decir públicamente que también habían sido víctimas, y las imágenes que circulaban pertenecían a otros relatos. Las del sufrimiento judío, las de los campos liberados, los cuerpos exhaustos, los hornos abiertos. Las nuestras apenas existían. Y cuando aparecieron, no fueron reconocidas.

Mujer rezando ante la puerta de una casa en Mühlbach (Sebeş), Rumanía, 1938. Fotografía tomada en el marco de las campañas nazis de «investigación racial»: la mirada que la encuadra es la del perpetrador. Bundesarchiv, Bild 116-346-029.
El problema no fue solo la ausencia de imágenes, sino la jerarquía de lo visible. Como advirtió Susan Sontag, mirar el dolor de los otros no garantiza comprensión ni empatía: puede humanizar, pero también puede anestesiar. ¿Qué ocurre cuando el sufrimiento se convierte en espectáculo? ¿Qué ocurre cuando las imágenes fueron tomadas sin consentimiento, bajo condiciones extremas de violencia? ¿Puede una imagen mostrar aquello que desborda lo visible, o solo repetir la herida?
Estas preguntas no pertenecen únicamente al pasado. En un presente saturado de imágenes de guerra –de cuerpos bajo los escombros, de infancias destruidas– la duda reaparece con crudeza: ¿mostrar el dolor contribuye a detenerlo o a normalizar? ¿Qué determina que unas imágenes circulen y otras permanezcan ocultas?
Y, sin embargo, sin imágenes no hay memoria pública. Muchas fotografías del Holocausto, tomadas por soldados soviéticos o aliados, o difundidas por medios como la BBC, fueron decisivas como prueba en los Juicios de Núremberg. Otras fueron producidas por los propios nazis, como si el exterminio necesitara dejar constancia de su poder. En contadas ocasiones, algunas imágenes fueron realizadas por las propias víctimas, como las de Mendel Grossman en el gueto de Łódź o las de Francisco Boix en Mauthausen.
En el caso del Holocausto romaní, muchas imágenes solo emergieron décadas después, a menudo reconstruidas desde la memoria biográfica y la creación artística: literatura, música, artes visuales. En España, por ejemplo, no fue hasta los años setenta y ochenta cuando algunas de estas imágenes comenzaron a circular en documentales televisivos, en un contexto en el que la transición permitía nombrar aquello que había sido silenciado durante el franquismo. Incluso entonces, las imágenes gitanas siguieron siendo escasas, marginales, difíciles de inscribir en un relato común.
Mirar, en este contexto, no es un gesto inocente. Implica asumir una responsabilidad. No se trata de mostrar por mostrar ni de convertir el cuerpo gitano en prueba o en espectáculo. Se trata de interrogar las imágenes, de leerlas críticamente, de preguntarse qué reproducen y qué cuestionan. Recuperar el rostro de las víctimas gitanas desde una mirada situada –gitana, nuestra– y reconocer también a quienes, en medio del terror, arriesgaron su vida para dejar constancia.
Porque si no hay imágenes, no nos creen. Pero si solo hay imágenes de dolor, nos reducen a víctimas. El equilibrio es frágil, incómodo, necesario. La historia se construye también desde lo visible, y los nuestros también estuvieron allí.
Las imágenes del Porrajmos no forman un relato cerrado. En esta web proponemos recorrer archivos visuales, obras creadas por supervivientes y artistas romaníes y lugares sin señalizar, para seguir pensando qué significa mirar –y qué implica hacerlo con responsabilidad–.
Settela Steinbach asomada a la puerta de un vagón de deportación, campo de Westerbork, 19 de mayo de 1944. Fotograma de la película rodada por el prisionero Rudolf Breslauer por encargo del comandante del campo. NIOD / Beeldbank WO2.
Durante casi medio siglo esta imagen circuló como símbolo de la deportación de los judíos neerlandeses. La niña era anónima. No fue hasta los años noventa cuando el periodista Aad Wagenaar identificó su nombre -Settela Steinbach- y su origen: era una niña sinti, deportada con su familia a Auschwitz, donde fue asesinada en la noche del 2 al 3 de agosto de 1944.
El caso resume el problema entero de este apartado. La imagen existía, era célebre, se reproducía en libros y documentales. Lo que faltaba era el reconocimiento de quién estaba dentro del encuadre.
Pasajes y héroes de la resistencia gitana
La historia del Porrajmos ha sido narrada, durante demasiado tiempo, como una historia sin resistencia. Como si el pueblo romaní hubiera sido únicamente víctima pasiva de una violencia absoluta. Esta imagen no solo es falsa: es profundamente política. Invisibiliza las múltiples formas –a menudo no reconocidas– en que gitanos y gitanas resistieron al exterminio.
La resistencia romaní no siempre adoptó la forma armada ni dejó huellas espectaculares en los archivos. Fue, en muchos casos, fragmentaria, situada, silenciosa, y por ello difícil de integrar en los relatos heroicos tradicionales. Pero existió. Y fue decisiva para la supervivencia de miles de personas.
Resistir en los márgenes del archivo
A diferencia de otros movimientos de resistencia europea, los actos de resistencia gitana rara vez fueron documentados por las instituciones. La falta de reconocimiento jurídico, la dispersión territorial y el racismo estructural hicieron que muchos gestos de oposición quedaran fuera de los registros oficiales.
Sin embargo, los testimonios orales, las memorias familiares y algunos documentos dispersos permiten reconstruir una constelación de resistencias: fugas de campos, sabotajes, ocultamiento de niños y niñas, destrucción de listas policiales, alianzas con partisanos, desobediencia cotidiana a órdenes de internamiento.
Resistir fue, muchas veces, no dejarse clasificar, romper el archivo antes de que el archivo pudiera cerrar el destino.
El 16 de mayo de 1944: Auschwitz no fue solo un lugar de muerte
Uno de los episodios más significativos de resistencia romaní tuvo lugar en el Zigeunerlager de Auschwitz-Birkenau. El 16 de mayo de 1944, cuando las SS intentaron liquidar el campo gitano, los prisioneros –hombres, mujeres y jóvenes– se organizaron para resistir. Armados con herramientas, palos y piedras, se negaron a salir de los barracones.
Ese día, la liquidación fue pospuesta. No detuvo el genocidio, pero rompió el mito de la obediencia absoluta. Demostró que incluso en el corazón del sistema de exterminio hubo insubordinación, conciencia colectiva y decisión de no morir sin oponer resistencia.
La masacre definitiva llegaría la noche del 2 al 3 de agosto de 1944. Pero la resistencia del 16 de mayo sigue siendo uno de los actos más claros de rebelión colectiva romaní documentados en un campo de exterminio.
Guerrilla, partisanos y resistencia armada
En Europa del Este y los Balcanes, numerosos romaníes participaron en movimientos partisanos y guerrilleros. En Yugoslavia, Ucrania, Bielorrusia, Hungría o Eslovaquia, familias gitanas proporcionaron refugio, información, alimentos y combatientes a la resistencia antifascista.
En algunos casos, los romaníes se integraron plenamente en unidades partisanas; en otros, mantuvieron formas autónomas de resistencia local. Estas contribuciones fueron fundamentales en zonas rurales donde el conocimiento del territorio, los caminos y los bosques era vital para sobrevivir y combatir.
Tras la guerra, muchas de estas participaciones fueron borradas o atribuidas exclusivamente a movimientos nacionales, sin reconocer la presencia romaní.
Resistencias cotidianas: huir, esconder, cuidar
No toda resistencia fue armada. Para muchas familias gitanas, resistir significó huir a tiempo, cambiar de nombre, dispersarse, esconder a los niños, mantener redes de solidaridad entre campamentos, compartir información sobre redadas y deportaciones.
Las mujeres desempeñaron un papel central en estas estrategias: sostuvieron la transmisión cultural, protegieron a los más vulnerables y mantuvieron vivas las memorias familiares en condiciones extremas. El cuidado, en un contexto de exterminio, fue también un acto político.
Estas resistencias rara vez aparecen en los monumentos, pero sin ellas no habría habido supervivientes.
Después de la guerra: resistir al olvido
La resistencia no terminó en 1945. Continuó en la posguerra, cuando los supervivientes romaníes tuvieron que luchar contra la negación del genocidio, la pobreza extrema y el racismo institucional. Dar testimonio, reclamar reconocimiento, exigir compensaciones, crear asociaciones y archivos propios fueron formas de resistencia prolongada.
Nombrar el Porrajmos, insistir en su existencia, transmitir la memoria a las siguientes generaciones cuando nadie quería escuchar: todo eso también fue –y sigue siendo– resistencia.
Héroes sin monumento
Hablar de «héroes» en el contexto del Porrajmos exige cuidado. Muchos de los actos más valientes no tuvieron nombre propio ni dejaron rastro documental. La resistencia romaní fue, en gran medida, colectiva, anónima y no monumental.
Este Memorial no busca crear un panteón cerrado de héroes excepcionales. Busca ampliar la idea misma de resistencia: reconocer que sobrevivir, cuidar, huir, recordar y contar también fueron formas de enfrentarse al genocidio.
Porque si el exterminio quiso borrar al pueblo romaní del mapa y de la historia, cada acto de resistencia –por pequeño que parezca– fue una afirmación radical de existencia.
Lo que falta por contar
Testimonios de supervivientes
Cada testimonio es un archivo vivo. Las voces de quienes sobrevivieron al Porrajmos son documentos irreemplazables que siguen esperando ser recogidos, traducidos y transmitidos.
Mujeres romaníes
Las mujeres gitanas sostuvieron la vida, la memoria y la resistencia en condiciones extremas. Su experiencia específica dentro del genocidio está aún insuficientemente documentada y reconocida.
Familia romaní posando ante su caravana en un lugar de acampada en Halle, Alemania. Fotografía tomada por las autoridades nazis en el marco del registro y control de la población romaní. Bundesarchiv, Bild 146-1987-108-36 / CC-BY-SA 3.0.
Niños y niñas
Miles de niños y niñas romaníes fueron separados de sus familias, sometidos a experimentos, deportados y asesinados. Sus historias son las más difíciles de reconstruir y las más urgentes de recuperar.
Memoria oral, transmisión, arte, música
La cultura romaní preservó la memoria del genocidio cuando las instituciones la negaban. La música, la narración oral y las artes han sido vehículos fundamentales de transmisión intergeneracional.
Personajes clave
Lista de nombres:
- Raphael Lemkin
- Ceija Stojka
- Philomena Franz
- Romani Rose
- Ian Hancock
- Settela Steinbach
- Otto Rosenberg
- Margarethe Kraus
- Zoni Weisz
- Raymond Gurême
- Karl Stojka
- Miriam Novitch
- Valdemar Kalinin
- Marcel Courthiade
- Rudko Kawczynski
- Vera Kurtić
- Ágnes Daróczi
- Jelena Jovanović
- Rosita Grönfors
- Robert Ritter
- Eva Justin
- Heinrich Himmler
- Francisco Boix